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La crisis del agua ya no es solo una amenaza: así se está agotando el recurso

Empresas, agricultura, minería y comercio internacional están aumentando la presión sobre un recurso que el cambio climático vuelve cada vez más escaso.

La crisis del agua ya no es solo una amenaza: así se está agotando el recurso
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Durante años, la crisis del agua fue presentada como un problema del futuro. Los datos muestran que ya está ocurriendo. En 2022, alrededor de 2,2 mil millones de personas no tenían acceso a agua potable gestionada de forma segura y cerca de la mitad de la población mundial experimentó escasez severa de agua durante al menos parte del año. Al mismo tiempo, la agricultura concentró 72% de las extracciones mundiales de agua dulce, mientras la industria representó otro 15%.

El agua también se está convirtiendo en negocio

El problema no consiste únicamente en cuánto agua utilizan las personas en sus hogares. Industrias como la minería, la producción de alimentos y bebidas y la energía dependen de grandes volúmenes de agua. En México, por ejemplo, una investigación de EL PAÍS documentó que Coca-Cola cuenta con concesiones para explotar 28 millones de metros cúbicos de agua al año; en Doctor Arroyo, Nuevo León, una comunidad que ha sufrido interrupciones prolongadas del suministro, la empresa impulsó una obra para captar agua de lluvia con una capacidad de 18 mil metros cúbicos. Ese volumen equivale apenas a 0.0006% del agua concesionada mencionada en la investigación.

La extracción industrial también deja casos difíciles de ignorar fuera de México. En el Salar de Atacama, Chile, la producción de litio de SQM y Albemarle ha generado investigaciones sobre sus efectos en un ecosistema extremadamente árido. Un estudio publicado en 2025 calculó que producir una tonelada de productos de litio para baterías implicaba extraer 217 metros cúbicos de salmuera, además de utilizar 4.5 metros cúbicos de agua subterránea y 7.5 metros cúbicos de agua desalinizada en las etapas analizadas. La investigación advierte que la extracción de salmuera concentra buena parte de la huella hídrica asociada al proceso.

 

 

Cuando los recursos de un país sostienen el consumo de otro

Aquí aparece una dimensión menos visible: el agua virtual, es decir, el agua utilizada para producir los bienes que después cruzan las fronteras. La Unión Europea, por ejemplo, tiene alrededor de 40% de su huella hídrica fuera de sus fronteras. Esto significa que parte del impacto asociado a los alimentos y productos que consume ocurre en otros territorios. El Banco Mundial advierte que el comercio agrícola puede trasladar la presión sobre el agua hacia regiones que enfrentan sequías o estrés hídrico. En 2019, México exportó a Estados Unidos unos 771 millones de metros cúbicos de agua incorporada en maíz, mientras que producir una tonelada de maíz requería 1,021 metros cúbicos de agua en México frente a 465 en Estados Unidos.

Eso no significa que todo comercio internacional sea una forma de explotación. De hecho, el comercio puede ahorrar agua globalmente cuando los cultivos se producen en lugares donde utilizan el recurso de manera más eficiente. El problema aparece cuando productos intensivos en agua proceden de cuencas sometidas a estrés y los costos ambientales quedan en el territorio productor mientras el beneficio económico se distribuye a lo largo de una cadena internacional. En otras palabras, el agua puede no viajar físicamente, pero sí queda incorporada en lo que compramos.

¿Por qué el mundo se está quedando sin agua?

El planeta no está perdiendo toda su agua: el problema es la disponibilidad de agua dulce utilizable. El calentamiento global está alterando las lluvias, acelerando el deshielo de glaciares y haciendo más extremos los periodos de sequía. La ONU advierte que entre 55% y 60% del flujo mundial anual de agua dulce procede de las montañas, mientras que entre 26% y 41% de la masa de los glaciares podría estar en riesgo hacia 2100 dependiendo del nivel de calentamiento. Al mismo tiempo, el consumo mundial de agua aumentó 25% entre 2000 y 2019, según el Banco Mundial.

Las consecuencias económicas tampoco son lejanas. El World Resources Institute estima que 31% del PIB mundial, unos 70 billones de dólares, estará expuesto a un estrés hídrico elevado en 2050, frente a 24% en 2010. El Banco Mundial, por su parte, advierte que el secamiento continental está reduciendo reservas de agua dulce y afectando empleos, ingresos, agricultura y ecosistemas. La discusión, por tanto, ya no es únicamente ambiental: el agua será un factor cada vez más importante para la producción de alimentos, la industria, la energía y las decisiones de inversión.

Hay señales de que el conflicto por el recurso ya está llegando a las empresas. En Chile, por ejemplo, una causa ambiental relacionada con extracciones del acuífero Monturaqui involucró a Escondida, Compañía Minera Zaldívar y Albemarle; en 2024 las partes acordaron un acuerdo por 98 millones de dólares, aprobado por el Primer Tribunal Ambiental, tras reclamaciones que incluían al Estado y a la comunidad indígena de Peine. El escenario que viene no necesariamente será un mundo sin agua, sino uno donde disponer de agua suficiente, limpia y accesible será cada vez más determinante para decidir dónde producir, qué cultivos sembrar y qué industrias pueden operar. Por eso, la pregunta más incómoda ya no es quién consume más agua, sino quién tiene capacidad para decidir sobre ella cuando empieza a faltar.