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Planeta en Verde
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¿Qué alimentos tienen menor huella de carbono? Así influye nuestra dieta en el clima

Legumbres, cereales y productos de temporada suelen generar menos emisiones, mientras la carne roja concentra una mayor huella climática.

¿Qué alimentos tienen menor huella de carbono? Así influye nuestra dieta en el clima
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Lo que llega al plato tiene un impacto que va más allá del precio y el valor nutricional. La huella de carbono de los alimentos contempla los gases de efecto invernadero generados durante distintas etapas de su ciclo de vida, desde la producción hasta el procesamiento, transporte y distribución.

Dentro de este sistema, no todos los alimentos tienen el mismo impacto. La producción ganadera, particularmente la de carne de vacuno y cordero, puede requerir grandes cantidades de tierra y recursos, además de generar emisiones de metano. Por ello, modificar algunos patrones de consumo puede contribuir a disminuir la huella asociada a la alimentación.

Legumbres y productos de temporada, entre las opciones de menor impacto

Las legumbres, como lentejas, garbanzos y alubias, se encuentran entre las alternativas generalmente asociadas con menores emisiones por kilogramo producido y aportan proteína vegetal. También los cereales y granos, como trigo y avena, pueden formar parte de dietas de menor impacto, aunque existen diferencias entre cultivos: por ejemplo, el arroz puede presentar mayores emisiones relacionadas con el metano generado en determinados sistemas de producción.

Las verduras y hortalizas de temporada también pueden tener una huella relativamente reducida, especialmente cuando proceden de sistemas cercanos. Sin embargo, factores como el uso de invernaderos calefactados o el transporte aéreo pueden modificar considerablemente su impacto. Una lógica similar aplica a las frutas: elegir productos locales y de temporada suele evitar parte de las emisiones asociadas con largas cadenas de suministro.

 

 

La carne roja concentra una mayor huella

En el extremo contrario, la carne de vacuno y cordero suele presentar una huella climática superior a la de las fuentes de proteína vegetal. Algunos productos lácteos, como determinados quesos curados, también pueden tener un impacto elevado debido a los procesos necesarios para su producción.

Esto no significa que exista un alimento completamente libre de impacto ambiental. La huella depende de variables como el sistema productivo, el uso de recursos, el origen y las etapas de procesamiento. Por eso, hablar de dieta baja en emisiones implica observar patrones de consumo y no únicamente alimentos individuales.

El desperdicio también genera emisiones

Reducir la cantidad de carne roja e incorporar más proteína vegetal son cambios que pueden disminuir las emisiones relacionadas con la alimentación. A ello se suman acciones como priorizar productos de temporada, moderar el consumo de productos altamente procesados y evitar el desperdicio de alimentos.

Este último punto resulta especialmente relevante: cuando un alimento termina sin ser consumido, también se desperdician los recursos y las emisiones asociados a su producción, procesamiento, transporte y distribución. Reducir esas pérdidas permite aprovechar mejor los recursos utilizados a lo largo de la cadena alimentaria.

El consumidor no puede resolver solo el problema

Aunque las decisiones individuales importan, atribuir toda la responsabilidad al consumidor simplifica un problema mucho más amplio. El sistema alimentario está condicionado por las formas de producción, las cadenas de distribución, las políticas públicas, los incentivos agrícolas y la disponibilidad de productos locales.

Además, una alimentación sostenible debe ser económicamente accesible. Promover alimentos de temporada, productos locales y opciones menos procesadas puede ayudar a combinar criterios ambientales con una alimentación asequible. La transición, por tanto, requiere cambios tanto en los hábitos de consumo como en la manera en que se producen y distribuyen los alimentos.

La discusión sobre la alimentación sostenible no se limita a decidir qué poner en el plato. También implica revisar cómo se produce, transporta y comercializa la comida y qué políticas pueden facilitar opciones de menor impacto. Reducir la carne roja, aumentar el consumo de proteína vegetal, elegir productos de temporada y disminuir el desperdicio son acciones que pueden contribuir a reducir la huella climática individual, mientras la transformación estructural requiere cambios en toda la cadena.